15 de abril de 2010

La juventud y la política

La juventud y la política
Por: Alejandro Hernández y Hernández.

Cuando a un joven —digamos que entre los 15 y 25 años—, aquí en México, se le pregunta acerca de política, lo más seguro es que ponga cara de vaca viendo pasar el tren. Dicen algunos estudios estadísticos que tan sólo un 13% de los jóvenes mexicanos se interesa en ella, que el 44% definitivamente la aborrece, y que al resto le vale sombrilla el tema —iba a poner que le vale madres pero se veía bien feo—.
La actitud general de los jóvenes ante la política transita entre la ironía, el anhelo y el desdén. Decepcionados —más de oídas que por conocimiento de causa—, desconfían de los líderes políticos, no muestran interés en los debates, se comportan con apatía en los procesos democráticos y se refugian en expresiones “artísticas” subculturales y en las nuevas tecnologías. Esto es harto peligroso y, sin ánimo de parecer alarmista, puede ser el segundo paso para que una dictadura “formal”, en cualquier momento, tome posesión de nuestro país —la partidocracia ha sido el primero—.
Los movimientos políticos propositivos casi siempre son alentados por sangre joven, deseosa del cambio y ambiciosa de nuevos derroteros para la sociedad en que vive; los que no lo son siempre parecen una vuelta en U dentro del desarrollo de los pueblos. De cuando en cuando este espíritu renovador refresca las cámaras, los partidos, las organizaciones y acaba por remover la herrumbre de los años y las costumbres de los aparatos gubernamentales. Ejemplos en la historia hay como para echar pa´ arriba, pero remitámonos a los años 60´s del siglo pasado, a la revolución cubana, a los movimientos estudiantiles mundiales y a todos esos cambios que fueron impulsados por un espíritu trasgresor que se rebeló a los rancios regímenes. No sólo la política cambió, no sólo los gobiernos reconocieron y aceptaron la presencia juvenil que pugnaba por espacios y por foros en donde expresar sus ideas, sino que también la sociedad, la literatura, el arte, la ciencia y los políticos mismos se transformaron. El mundo tomó un nuevo impulso, se sacudió el marasmo que perduró durante varias décadas y, más bien que mal, evolucionó. Hoy, sin embargo, la apatía de las nuevas generaciones no parece, ni tantito, energía que se esté acumulando para impulsar nada. La niñera diabólica —la televisión— parece haber cumplido la tarea para la que fue creada: tatemar el cerebro de quien la mire durante cinco o seis horas diarias. Los procesos sociales y democráticos les son indiferentes a la mayoría de los jóvenes; se dicen apolíticos no por convicción sino por ignorancia y desidia, y manifiestan su rechazo a toda forma de involucramiento político escudándose en formas raras de organización social, que más bien parecen tribus subculturales sin cohesión, y que no alimentan ningún tipo de nacionalismo propositivo ni de proyecto en común. Esta apatía, que no es del todo producto de su propia naturaleza, sino también de una forma de poder nuevo que enajena y aturde —con drogas, diversión fast track o con información, en todo caso desinformación electrónica— tarde o temprano producirá —sino es que ya lo ha hecho— una sociedad que digerirá cualquier posible proceso dictatorial de la manera más abúlica y sin ofrecer apenas resistencia.
¿Se trata entonces —dirán los que se sientan aludidos— de que andemos cargando pancartas de adhesión y que nos la vivamos en mítines y debates políticos? No, y no porque esa es política barata; se trata de informarse, de meditar, de reflexionar, pero sobre todo, se trata de participar. Hubo generaciones enteras que pelearon por obtener su derecho al voto y quienes, incluso, murieron en el intento; hoy, cuando ese derecho pervive como inalienable dentro de nuestra sociedad, los jóvenes no lo ejercen.
Dejar a otros el poder de decidir por default es empezar a morir de poco a poco, es mantenerse al margen de una circunstancia que puede mejorar si todos nos resolvemos a participar. Nunca como ahora los ciudadanos habían estado más a expensas de los partidos políticos y sus negociaciones anticiudadanas en las cámaras; y jamás, en la vida política del país, había habido tantos ciudadanos jóvenes tan apáticos e indolentes con la situación de su nación, y con lo que hay que hacer para remediarla.
Sangre joven, savia nueva, descontento con lo que hay, crítica al sistema, fiscalización propositiva, ¡acción! Eso es lo que el país necesita. México precisa de la fuerza y del arrojo de su juventud, de una que no se escude en los pretextos manidos de que la política es sucia, aburrida, estresante, etcétera. Quien no es político no es ciudadano. Antes, estas dos palabras eran sinónimos, hoy, lamentablemente, son antónimos. ¿Quién se apunta para cambiar esto y, de paso, al país, al mundo y a sí mismo? 


Alejandro Hernández y Hernández
http://revistaanalisispolitico.com/